La Metafísica del Leonberger

Por Jean-Pierre Morin Bentejac
Abogado, Economista, Filósofo, Pensador, Conferenciante  (Abril de 1996)

 

Se inicia una vida con el Leonberger un poco como se entra en religión, o al menos en una secta, la de los privilegiados con esta suprema compañía. Ante todo, optar por este coloso es darse el gusto total, de algo enorme, el entrar en una esfera desconocida y grandiosa, rompiendo con los moldes del sentido común prudente, tal vez algo mezquino.

Es la opción extraordinaria, liberadora, el acto puro de libertad en que me siento yo mismo, me afirmo a mí mismo, un salto al vacío del que nunca se arrepiente uno. La compañía de un Leonberger es señal de libertad; el que pasea con su fabuloso amigo, está afirmando que es un hombre libre, amante de lo grandioso, que no teme lo excepcional. No otra cosa expresa la mirada envidiosa de la gente que lo contempla, porque no solamente admira la imponente belleza de este animal fabuloso, sino la decisión de su dueño de haberse atrevido a algo grande, casi trascendental.

El macho Leonberger

Havane du Canard Doré

propiedad del señor

Jean-Pierre Morin Bentejac

Sin embargo, esta situación inicial de marginalidad cede ante la curiosidad de cuantos lo admiran. La mirada del que contempla maravillado esta grandiosa armonía se dirige a continuación hacia el acompañante, guiada por la curiosidad tanto hacia alguien capaz de esta compañía fabulosa, como hacia el animal casi mítico, ante quien se sienten ignorantes y deseosos de sentir un poco más su presencia, aunque sea conceptualmente, mediante la posesión de datos como su nombre, su peso, alimento necesario, etc.

Un perro que seduce. Todos hablan entonces de los perros que han conocido, propios o ajenos, a ser posible parecidos. Incluso es un honor haberlo conocido joven, cuando era un peluche calificado universalmente como "precioso", un honor saber su nombre, demostrar que le conoce, le saluda y, frente algunos privilegiados, se encarama poniéndoles sus manos leoninas, con el siguiente susto.

Nadie es indiferente ante éste coloso de belleza. Sin embargo el compañero del Leonberger no siente la menor vanidad, sino que comulga, mejor dicho se alegra de que todos comulguen en su admiración. La marginalidad que haya podido sentir después de su decisión se disipa ante este consenso universal, de alegría, de gozo profundo, deparado por tan sublime presencia.

Basta mirar la mirada fascinada de una niña de dos años a cuyo alrededor baila, loco de alegría, este monstruo de 70 kilogramos, pero también monstruo de cariño, verdadera baby-sister que los guarda, los cuida, les enseña a caminar, a subir incluso escaleras; en realidad, todo, en este ser maravilloso, es extraordinario. Por supuesto en presencia del mayestático Leonberger, desaparecen, se desdibujan los acompañantes.

Un aristócrata entre los perros. Como buen aristócrata, mantiene cierta distancia con las necesidades alimenticias, caprichoso, parece que no come; solamente cuando se calcula, al final del mes, que se ha comido 20 kilos de carne, quince de pienso, sin contar con la participación a la mesa de los dueños, lo que realmente ha comido. Ello no duele, porque el resultado tan esplendoroso justifica de sobra los eventuales sacrificios, en el sentido más litúrgico y pagano de la palabra, de inmolación a una belleza suprema, a un amor, una fidelidad infinitos, a una presencia constante, envolvente, total, que colma al iniciado en esta religión de la plenitud estética, hasta el punto que una sociología del Leonberger empezaría con la forzosa sociabilidad de los que tímidamente me dicen "¿se puede preguntar?" y acabe casi inexorablemente en la relación excepcional, cerrada, suavemente exigente, algo egoísta, hasta intelectual, que proporciona esta sublime presencia ........  EL LEONBERGER.

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