El Leonberger en la sociología de la

post-modernidad.

La post-modernidad sociológica del Leonberger.

El Leonberger en el centro de la

post-modernidad.

Por Jean-Pierre Morin Bentejac
Abogado, Economista, Filósofo, Pensador, Conferenciante  (Abril de 1996)

 

El fastuoso, el imperial Leonberger, acompañante de los Habsburgo, el Rolls-Royce canino, tan poco conocido en España como este prestigioso vehículo de reyes, empieza a despertar por fin la debida admiración a este can regio, portento de belleza. Admiración demasiado lejana, como si se tratara de un sueño inalcanzable, un señor de castillos con frondosos parques. Por ello, esta admiración tan justificada se tiñe a menudo de frustación, sin reconocer precisamente que se siente indigno de acompañar un Leonberger, salta a su mente un sinfín de problemas infranqueables, desde los parámetros espacio/tiempo hasta los financieros.

El macho Leonberger Havane du Canard Doré, hijo de Falk de la Barangerie,
propiedad del señor Jean-Pierre Morin Bentejac

Y tienen bastante razón, porque convivir realmente con un Leonberger, es ante todo un acto casi heroico de liberación, una renuncia a los tópicos de la casa-patena, del encierro en locales de diversión, y, al otro extremo al turismo y su supuesta aculturación, es un retorno al paseo, a la naturaleza respetada, a la lectura profunda bajo los árboles. Se necesita, en suma, llegar a ser digno del Leonberger, entrar en un nuevo estilo de vida más densa, profunda, sencilla, es decir, auténtica, como lo exige una coexistencia con algo descomunal que implica un salto a la grandeza, a saltarse los esquemas de la mezquindad, las pequeñeces reductoras, alienantes, aniquilantes.

Es necesario, alguna vez en la vida, darse este gusto de saltar a lo desconocido, sentir la exaltación algo angustiante de hacer voluntariamente una pequeña locura, desafiar los códigos de la perfecta proporción socio-económica, aceptando que el incapaz de ello lo considere, si quiere, como marginación. Precisamente, en estos tiempos post-consumistas en los que los esquemas de status y de conducta se diluyen en una total confusión intelectual, espiritual, ética, estética, la única salvación estriba en reivindicar cierta marginación. La actualidad postmoderna implica esencialmente modos de vida, parámetros existenciales individualizados, a la carta, imposibilidad de armonizar criterios de convivencia. La multitud solitaria, descrita ya hace cuarenta años, nos envuelve, y las estadísticas indican que la mitad de los parisinos viven solos.

En claro, los humanos nos aguantamos cada vez menos, nuestro lenguaje sólo brinda ocasiones de malentendidos o de matices que escapan, molestan, humillan al prójimo. Dicen que los momentos de plenitud, quizás de felicidad, son silenciosos, estructurados sobre un metalenguaje que el Leonberger domina perfectamente, porque expresa absolutamente todo, entendiéndose todo lo claro y auténtico, su mirada centelleante de inteligencia, alegría y bondad suplica un mínimo de correspondencia por nuestra parte, exige dulcemente lo mejor de nosotros con una insistencia y amor que ni las iglesias culpabilizantes y ávidas de poder, ni los políticos prometedores de paraísos terrenales, ni el entorno social obsesionado, ante todo, por las dos grandes pulsiones socio-económicas denunciadas por Modigliani y Duesenberry, afirmación e imitación, pueden brindar al hombre post-industrial, que pasa de la nada consumista, a la nada de la renuncia a consumir.

 

A la izquierda, Don Jean-Pierre Morin Bentejac y a la derecha

nuestro querido Gérard Danné, en una exposición en el año 1996.

 

Ser admitido en el mundo del Leonberger, supone la compañía constante, indefectible, del amor absoluto, oblativo, casi mítico, de un ser resplandeciente de grandeza y belleza, que nos hace olvidar la mezquindad de la humanidad. Esta plenitud de relación se transparenta hasta en el paseo, la mirada de envidia de los maridos, de rabia de las mujeres encorsetadas  en vestimenta de vanidad, su edad que no perdona, su eterno aburrimiento, ante el esplendor de nuestra compañía, su grandiosidad en la presencia, en la belleza incorruptible, en el afecto indudable, visible, innegable, con la ventaja suprema de no sentir normalmente estas tensiones siniestras, porque la compañía sublime del Leonberger, nos traslada muy lejos de las pequeñeces. Vamos por el mundo exclusivamente con nuestro Leonberger, ni siquiera nos preocupamos de reivindicar nuestra especificidad de optantes por el Leonberger, ello cae por su propio peso, hemos elegido la plenitud, hemos dado un salto cuantitativo, económicamente sacrificial, pero sobre todo cualitativo, de hombres para la plenitud, la autenticidad, en ningún modo un retroceso de marginación. Todo lo más se nos puede achacar una mayor dificultad en soportar la mezquindad humana. Ello es muy relativo, porque la vida plena hace pasar de muchas cosas, considerar las decepciones como un espectáculo ridículo que transcurre ante nosotros, exterior, casi inexistente.

Quiero agradecer sinceramente a José María Iturralde Pérez de Arenaza (Du Paradis de Wotan), cuya amistad iniciamos hace ya muchos años por nuestra admiración al Leonberger, el haber sido el pionero en España de nuestra amada raza, el estar siempre dispuesto a contestar todas las preguntas que le dirijo, el estar informado de ejemplares de otros países, de exposiciones, de jueces, de criadores y finalmente felicitarle por los bellísimos ejemplares Leos que tiene siempre y la manera tan elegante de presentarlos en el ring. Muchas gracias por todo, José María.

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